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El viejo jugador

26 diciembre, 2011

Se cuenta, que aquel jugador vestía de negro. Era alto, delgado pero fibroso, con presencia de boxeador medio retirado pero de rostro no demasiado marcado por la vida, de gesto amable y aparentemente despistado. Tenía el pelo lacio, casi cano, largo y recogido en una coleta. Aquella mirada cálida resaltaba de entre la aureola de pelo blanco. El Armani, un Chevrolet azul del 76 de segunda mano que lo transportaba con comodidad, una baraja nueva de poker y aquel viejo maletín de cuero eran todas sus posesiones materiales.

Llevaba ya dos días conduciendo por la autopista, oyendo jazz a todas horas,…Ellington, Basie, Atkins…Coltrane, Baker, Parker,…Mingus, Davis, Pepper,…estaba cansado y había decidido salir de la nueva autopista para entrar por el viejo dédalo del trazado de la Ruta 66. Pararía, tomaría algo y seguiría sin mayor dilación su camino.

El paisaje era lunar. Una línea negra en el horizonte dividía el suelo desértico y descolorido del cielo ya rojizo de la tarde, dejando entrever aquel paisaje seco, como un telón de fondo de un western de serie B, con las montañas grises del norte del país y Canadá desdibujadas al fondo. Grandes Cactus iban pasando al avance de aquel modelo del 76. En la radio se iban perdiendo las notas del Bésame Mucho de Art Peeper esparcidas hacia los cuatro puntos cardinales. Parecía el único ser en la tierra en aquella soledad sonora de carretera, jazz y sol.

Poco a poco comenzó a surgir delante del morro del Chevrolet la silueta de una gran área de servicio. Conforme se acercaba podía leer cada vez con mayor claridad el luminoso, Casino. El desierto aún despedía calor. El parking estaba lleno. Era sábado y de noche. Aparcó. Tenía hambre.

Cruzó una pequeña zona ajardinada y entró. Lo primero que encontró fue un restaurante repleto de camareras y gente comiendo y bebiendo de forma animada. Aquello le gustó. Entró pasando desapercibido. Se acercó a la concurrida barra. Pidió café sólo y sándwich de pollo a la plancha sin salsa alguna. La barra estaba repleta: vaqueros, curiosos, jugadores profesionales de poker, algún tahúr retirado y matrimonios de las localidades cercanas asiduos a las tragaperras convivían con cierto glamour de provincias.

Tras el lunch, entró directo en el salón de juegos. Estuvo unos minutos observando el sitio: poker, black jack y ruleta, básicamente. Lentamente se acercó a la ruleta. Cuando hubo un hueco tomó asiento de forma casi imperceptible. Sólo un vaquero de Arkansas que llevaba dos copas de Kentucky de más comentó en voz baja y para sí mismo: “este tipo no me parece ningún novato”. A continuación, el jugador extrajo cien mil dólares en fichas nuevas de su viejo maletín de cuero y lo apostó todo al 13 negro. La bola giró varias veces hasta descansar lenta y pausadamente en uno de los casilleros. 13 negro.

Se cuenta, que algunos viajeros han visto la silueta furtiva de un viejo Chevrolet azul del 76 surcando por la vieja Ruta 66,  que va dejando tras de sí un extraño rastro de polvo y cuatro notas sueltas al viento de In a Sentimental Mood, para finalmente,… desaparecer.

r.-

From → Poker

3 comentarios
  1. Rafa: Un excelente relato, como solo vos podés escribir!!! Magnífico!!!
    Y el tema “In a Sentimental Mood”, lo realza aún más!!
    Mis felicitaciones!!!
    Besote!!
    🙂

    Lau.

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  1. Bitacoras.com

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