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En taxi por el desfiladero de Khyber-III-

8 julio, 2010

A CONTINUACIÓN el conservador nos hizo recorrer las galerías, explicándonos donde habían sido halladas las esculturas expuestas, algunas de las cuales habían tenido que ser rescatadas del fervor iconoclasta de la tribu de los afridi. Además de los budas de Gandhara, había toscos caballos de madera tallados por los kafires, ese misterioso pueblo blanco del Hindu-Kush que sigue celebrando todavía, en la época de la vendimia, un rito semejante a los festejos báquicos en la antigua Grecia.

El sitio de honor en el centro del museo estaba ocupado por una pequeña caja de bronce, coronada de figuras rechonchas de Buda y sus discípulos. Esta caja es una de las pruebas más evidentes de los vínculos que existieron entre Oriente y Occidente en la época clásica. Se trata de un relicario que, según la tradición, guarda un fragmento de un hueso de Buda y que el arquitecto griego Agesilao esculpió con sus propias manos, colocándolo en la gran pagoda que había edificado en Peshawar para el rey Kanishka, en el siglo II de nuestra era.

La Pagoda de Kanishka era un enorme edificio de unos doscientos metros de altura con terrazas de piedra y tejados de madera, el más alto de la antigua Asia. Los peregrinos acudían incluso desde China para admirar su magnificencia y escuchar la música de los miles de campanillas de bronce que el viento hacía sonar.

Salimos del museo y nos dirigimos a la oficina local de turismo a sacar el permiso necesario para visitar la zona tribal reservada. Luego partimos en automóvil para el desfiladero de Khyber y, después de pasar las verdes praderas de la ciudad universitaria, nos encaminamos hacia las montañas de Suleiman. En el punto en que las áridas laderas de esquisto empiezan a elevarse sobre la planicie, se encuentra el fuerte de Jamrud, coronado de torreones y con la forma de un barco de piedra. Lo construyó Ranyt Singh, el rey sikh de Lahore, para defender a Peshawar de los afganos de la montaña. Junto al fuerte, la barrera que cierra la carretera estaba echada. El centinela nos hizo salir del auto y nos condujo a una cabaña, donde un policía de ojos azules y nariz aguileña estaba sentado frente a un enorme libro registro encuadernado en piel, idéntico a los que ya habíamos visto en otras lejanas fronteras: en  el Pirineo de Andorra, en el Himalaya indio, en los Andes Peruanos. El policía cogió nuestros permisos, escribió algo en el libro, nos pidió dos rupias, me dio una tira de papel sucio con unos garabatos incomprensibles en lápiz y dijo secamente: “De vuelta a las cinco. No más tarde”.

(Continuará).

***

Texto y Fotografías: En taxi por el desfiladero de Khyber, George Woodcock, extraido de El Gran Libro de Viajes de Selecciones, Selecciones de Reader´s Digest, 1968.

Edita: r.

Relacionados:

En taxi por el desfiladero de Khyber -Introducción-

En taxi por el desfiladero de Khyber – I –

En taxi por el desfiladero de Khyber – II-

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