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En taxi por el desfiladero de Khyber-II-

2 julio, 2010

ALEJANDRO cruzó por aquí el gran río por un puente de barcas. Cuando Tamerlán saqueó Delhi, siglos después, también lo cruzó por este sitio. El Gran Mogol Akbar, recordando que su propio antepasado Baber había utilizado también esta ruta para conquistar el Indostán, comprendió la importancia estratégica de esta garganta y, en 1581, fundó allí la ciudad de Attock y construyó su gran fortaleza.

En Attock, el Indo es ya un río ancho y poderoso que ha recorrido cientos de kilómetros a través de Cachemira, Gilgit y Swat, desde su nacimiento en las altiplanicies del Tibet occidental. Corre rápido y oscuro, con profundos y peligrosos torbellinos, entre rocas erosionadas que forman playas bajo los altos y oscuros farallones. Por este paso traicionero, y dos siglos antes de que Alejandro invadiera la India, un capitán griego llamado Esquilax, al servicio del Rey Darío, emprendió una expedición. Fue el primer europeo que exploró el subcontinente indostánico, aunque lo único que recuerda su proeza es una mera frase en la Historia de Herodoto.

Por fin, en el horizonte, surgió Peshawar: la silueta de una ciudad centroasiática se recortaba contra las montañas. Por encima de los semicírculos de las cúpulas y lo rectángulos de los tejados, se alzaban esbeltos minaretes como dedos de piedra que señalasen al cielo. Después de atravesar los suburbios con sus humeantes casa de adobe, y dando un rodeo para evitar los bazares, entramos en las verdes avenidas del acantonamiento.

Nuestro objetivo en Peshawar era el museo municipal, con su célebre colección de esculturas de Ghandara procedentes de los monasterios de los montes cercanos. Entramos en un vestíbulo grande y sombrío. Un grupo de ancianos barbudos, tocados con blancos turbantes, se agolpaban en torno a un brasero de picón, en actitudes tan fosilizadas y hieráticas como las de los grises budas y bodisatvas que adornaban la estancia. Cuando pasábamos a lo largo de esta hilera de esculturas de carne y hueso con perfiles griegos, se nos unió un jóven albino cuyos ojos cegatos parpadeaban constantemente por entre sus largas y blancas pestañas. Chapurreaba un poco de inglés y nos llevó al despacho del conservador del museo, al que hallamos sentado, enfundado en su abrigo y con un grueso chal de cachemira sobre los hombros, examinando con una lupa las monedas de oro y plata que iba cogiendo de una bandeja.

El conservador nos dió la bienvenida con la sonrisa alegre y sorprendida del hombre que ve desvanecerse, como por arte de magia, su aburrimiento invernal: durante la estación fría no eran muchos los visitantes que se interesaban por sus tesoros. Dió unas palmadas y casi inmediatamente apareció uno de aquellos ancianos barbudos con una bandeja llena de tazas de translúcida porcelana. Estaban llenas de té verde aromatizado con especias, la bebida que tradicionalmente ofrecen los phatanos a sus visitantes, pues, a pesar de su reputación de ferocidad, son incorruptibles abstemios.

(Continuará)

Imagen: google images.

Texto: George Woodcock, El Gran Libro de Viajes de Selecciones, 1968.

Edición: r.

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