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En taxi por el desfiladero de Khyber – I –

1 julio, 2010

El desfiladero de Khyber fue durante siglos la ruta por la que penetraron en la India caravanas pacíficas y hordas invasoras. Las Tribus de la región conservan aun, a pesar del progreso, su carácter a un tiempo feroz y hospitalario. Otro día amanecía en

AMANECÍA EN RAWALPINDI. Vibraba el aire con las agudas notas de las cornetas del lejano acantonamiento, cuando Yusuf, nuestro chófer, vino a buscarnos a Inge -mi mujer- y a mí para llevarnos a Peshawar por El Desfiladero de Khyber. A ambos lados de la carretera principal el paisaje comenzaba a desperezarse; hacia oriente el sol se empinaba sobre las colinas incendiando las agudas aristas de las montañas.

  Por el borde de la carretera avanzaban mujeres procedentes de las colinas, ataviadas con pantalones y llevando en equilibrio sobre sus cabezas largos y tambaleantes bultos de mimbre. Carretas rebosantes de paja y tiradas por lentos bueyes, eran conducidas por hombres envueltos en tal cúmulo de mantas pardas, que apenas se les veían los ojos. Con frecuencia cerraban el paso a nuestro taxi, lo que provocaba rabiosos gruñidos de Yusuf.

  Cuando el sol, ya más alto, aumentó la fuerza de sus rayos, empezó a brotar vapor de los arroyos y charcas como si contuviesen aguas termales; hacia el norte, al evaporarse la niebla color albaricoque que cubría las nevadas cumbres, surgieron granjas de resplandeciente blancura. Pasamos ante las ruinas de Taxila y otros montículos de aspecto misterioso que parecían esperar, aislados en medio de la llanura, el día en que los arqueólogos se decidan por fin a estudiar a fondo la ruta clásica de las invasiones de la India, descubriendo los misterios de las ciudades que Alejandro Magno fundó más allá del Hindu-Kush.

  Dos horas después de salir de Rawalpindi, nos internamos por una cadena de pequeñas colinas de roca negruzca, relucientes aun del rocío matinal. En los repliegues de estas colinas se alzan antiguas tumbas musulmanas, con sus cúpulas  estriadas medio cubiertas de musgo. Pasamos por la ciudad de Attock, donde en otros tiempos vivieron los ocupantes de aquellos sepulcros, y cruzamos la garganta del Indo por un puente colgante. Un destacamento de guardias de uniforme caqui estaba allí de vigilancia, armado de carabinas y bayonetas. Desde hace muchos siglos, el paso del Indo por Attock ha estado siempre guardado, ya que se halla en la ruta por la que han pasado casi todas las grandes invasiones de la India.

(Continuará)

Texto: George Woodcock, El Gran Libro de Viajes de Selecciones, 1968.

Fotografía: Azhar Munir vía  Flickr.

Edición: r.

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