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Porqué Harry estiró las patas -II-

5 mayo, 2010

 Da cierto escalofrío pensar que en plena crisis del 29 la gente se tiraba desde aquí arriba… recuerdo que por aquel entonces el abuelo, despues de estar casi diez años sin hablar, de repente una mañana dijo: “la tierra habla antes que el cielo; huele a ras de suelo, como la comadreja; aun no han llegado las nubes y esta noche el ciervo tendrá que esconderse a este lado del río“. Hacía tiempo que los indios teníamos radio, incluso en aquel ambiente pobre, donde se solía escuchar el habitual parte metereológico como una cantinela hueca. Aquella misma noche, una gran riada se llevó por delante las mitad de las casas de la Reserva con sus habitantes dentro. Al abuelo nos lo encontramos muerto varios días después. Estaba como siempre, sentado en el porche de la choza en su mecedora favorita, vestido de blanco, tocado con plumas de guerra, completamente seco y con la pipa apagada entre los labios. Aun tenía los ojos abiertos mirando al horizonte escarpado y los pies en el suelo.

Al día siguiente cuando lo íbamos a enterrar  mi madre y yo, sus únicos parientes, con la única ayuda de una pala y en la trasera del jardín como hacía mucha gente, aparecieron en el funeral, como de la nada, cuatro indios vestidos de blanco ceremonial. No los habíamos visto en nuestra vida. Dijeron algo en nuestra lengua a mi madre que no entendí y nos apartaron con la mirada; cargaron al abuelo en una pariguelas y salieron a galope tendido en cuatro mesteños directos al bosque. Aun recuerdo como desaparecía la nube de polvo que dejaban, y como se recortó en el aire la silueta del último  jinete, que revolviéndose fantasmalmente a la grupa de aquel animal salvaje levantó el brazo derecho con un hacha en la mano y me clavó su mirada. Tenía la cara pintada de negro y rojo. Al instante se esfumó. Estuve soñando con aquella mirada entre el odio y la desesperación. Luego lo olvidaría todo.

Al poco tiempo murió mi madre y quedé huérfano. Abandoné la Reserva para siempre. Tenía 11 años y no sabía leer ni escribir ni relacionarme con los demás, sólo conmigo mismo. Si alguna vez había tenido algo de indio lo había perdido. Nunca llegué a entender a aquella gente, incluso a mi abuelo y a mi madre. Uno loco, la otra sumisa. Las autoridades estatales me llevaron a a un orfanato donde aprendí lo mejor de los peor de un chico de ciudad. Al poco tiempo, y con la poca ayuda que los maestros dispensaban, pude leer correctamente, lo cual me sirvió para poder repartir periódicos y salir casi intacto de aquel infierno humano. Desde entonces no he dejado de trabajar, leer y escribir. A los dieciocho años ya era periodista. Luego continué oliendo a ras de suelo durante dos décadas hasta que un día me encontré aquí arriba.

El día está nublado sobre la bahía del Hudson; bajaré a tomar un perrito caliente; no, será mejor que me lo suban; aun tengo que terminar algunos textos; además, son 170 plantas de ascensor hasta ahí abajo…a veces me duele tanto recordar…que fría me parece hoy la ciudad. Creo que necesito un cambio de aires…el desierto es un buen lugar…odio las montañas.

(Continuará)

texto: r.

Imagen: serenísimo

***

Parte I: Porqué Harry estiró las patas

From → Comunicación

7 comentarios
  1. Me ha calado bastante este niño huérfano que se convierte en periodista.
    Me tiene intrigada la historia y espero ansiosa la tercera parte.

  2. ojú, ¿y ahora que hago yo, si no pensaba escribir más?…jajaja…es una broma…

    saludos¡¡

    r.

  3. te adelanto algo:

    mohawks
    😉

  4. Jaja. Gracias ?_^

  5. de na,
    😉

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