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Doñana: Abril

11 abril, 2010

Abril de 2008. Llevaba dos lustros sin asomarme al periodismo activo, sólo de cuando en vez leía algún artículo de Del Pozo o Vicent, pero incluso los grandes maestros me cansaban. Había perdido hacía tiempo el interés por la prensa, supongo que como consecuencia de mi pérdida de interés por la profesión en sí misma. Estaba desencantado de una actividad que me había ocupado mucho tiempo y no me había dado nada…al menos, eso pensaba yo. Pero estaba absolutamente equivocado. Sin saberlo seguía siendo lo mismo que cuando tenía 14 años: periodista. Me volví a dar cuenta cuando escribí este artículo. Quizás alguien crea que me estoy titrando un rollo para buscar lectores o algo así; nada más allá de mi intención. Esta pequeña reflexión quizás le sirva a alguien que halla perdido la vocación por aquello que más le gusta. Ahora os dejo aquel texto que escribí hace un par de años y que me trajo de nuevo hasta aquí. Jamás dejaré de acariciar el boli. Suerte colegas.

Doñana, un pájaro otea el horizonte

Desde aquí, algunos dias de verano puedo otear Africa, divisando claramente la negra linea de su orilla marroquí. La imagino allí, salvaje, como lo son estas costas onubenses, hermanas desde hace miles de años, unidas por la marea. La bruma me anuncia una nueva jornada de calor. Poco a poco, voy desplegando mi envergadura, y las recias estructuras de mis plumas se van convirtiendo en flexibles. Extiendo bien las alas al sol, las bato un instante, y me dejo caer en semipicado desde este antiguo acantilado arenoso hacia la playa; remonto el vuelo y me elevo poco a poco, como siempre, aprovechando las corrientes térmicas que suben invisibles, elípticas, y, suavemente, sin esfuerzo aparente, voy ascendiendo en espiral y me alejo de la costa.

Espirales ascendentes

Desde aquí arriba, hacia el este, diviso como un joven lince, agazapado junto a una sabina, acecha a un suculento gazapo que todavía no abre los ojos. Es pronto para sobrevolar la mar. Necesito el calor de la tierra para templarme más y volar casi sin esfuerzo, solo el preciso. Ahora veo un poco más allá como los flamencos y las garcillas se preparan, formando un revuelo de colores y sonidos al salir desde las pajareras cercanas al Pinar del rey a mariscar en la albina del Rocío pequeños cangrejos y almejas. Viro al oeste, detectando los canales de aire caliente para arribar al pinar de Doñana, hacia donde desciendo y repongo agua; tras desayunarme un ratón de campo bastante bien alimentado, lo digiero en la copa de un enorme pino piñonero, donde entreveo los nuevos huevos de abejaruco y urraca semiescondidos en los nidos hechos de ramillas de pinocha. El aire huele a menta, regaliz y romero. Viento del norte.

Navegantes griegos

Dejo esta vieja atalaya verde y aromática, y voy al sur con el sol como brújula adivinatoria de los cambios de viento, que me dirige en mi vuelo casi automáticamente. Poco a poco, ahí abajo, en grupos de cinco o seis, veo como las gaviotas van regresando de los puertos cercanos: Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona,… y pasan picoteando de vez en cuando, en caída libre, algún boquerón o chanquete. Las evito. Son ruidosas y algo pendencieras, aunque excelentes pescadoras y muy intuitivas en la localización de bancos de pesca, casi tan buenas como los charranes, verdaderos técnicos del planeo rasante y el recorte a cinco metros de altura del agua. Sigo la estela de las gaviotas, y pongo nuevo rumbo al oeste, dejando atrás la linea de costa y sobrevolando la inmensidad azul del Atlántico, en cuyo nombre resuenan dioses y héroes. Según Herodoto en su “Historia”, un navegante griego, llamado Kolaios de Samos, surcó estas aguas allá por el S.VII a.c.; buscaba la mítica Tartessos, y al parecer, la encontró aquí: oro, plata, cultura, naturaleza, belleza, una ciudad hoy perdida, una luz que sobrevive. Vuelo y huelo el mar. Arrecia el levante.

Retorno al nido

De regreso, tomo altura y contemplo la esfericidad de la tierra; seguro que ya mañana hará menos bruma y será un buen dia para cazar un conejo o una liebre para llevarlo al nido. Quizás baje ahora a la orilla; desde aquí, adivino los restos de un calamar pequeño, lo preciso para coger fuerzas, dar alimento a la cría y poder sobrevolar de nuevo esta vieja Tartesos, Océano, marismas, esta costa de luz. Olores a jaguarzo, pino y camarina. Aromas de sal; aún hay claridad, sopla brisa de poniente.

rafa rosa, Abril 2008.

Este texto fue publicado en saltamontes.es, un blog de Coguan AdShare.

Fotografía: Ministerio de Medio Ambiente.

From → Comunicación

4 comentarios
  1. Sabía que eras un buen periodista, pero ahora al leer tus escritos me doy cuenta que también eres un gran escritor. Me ha encantado el de Navegantes griegos.

    Un abrazo.

    • hola Jenny,

      no merezco tales cumplidos, eres tú quien me ve con buenos ojos,

      un fuerte abrazo,

      rafa.

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