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La última morada de los Incas (III)

20 octubre, 2009

huaynapicchu

  Alrededor de 1450, cuando alcanzó su apogeo, el imperio incaico comprendía lo que es hoy el Perú, casi toda Bolivia, el Ecuador y la zona norte de la Argentina y Chile. Era una autocracia cuyos gobernantes, según las palabras de Bingham, “cuidaban de que nadie pasara hambre ni frío”. El Inca, es decir, el emperador, trazó una extensa red de carreteras entre la cumbres nevadas, los inhóspitos desiertos y las selvas impenetrables de sus vastos dominios. El sistema de correos estaba tan bien organizado que en su ciudadela de la montaña el monarca podía saborear pescado fresco traído de las costas del Pacífico. 

  Hoy día miles de turistas hacen el viaje a Machu Picchu  sin que se lo impidan la jungla, los reptiles venenosos, los torrentes y las laderas casi inaccesibles y coronadas de grandes glaciares que guardaban la ciudad antes de que Bingham la descubriera. “Aquellas cumbres nevadas me tentaban-escribió en su libro La ciudad perdida de los incas-. “Recordé las palabras de Rudyard Kipling: “Ve y busca tras la montaña. Algo hay tras la montaña. Algo oculto allí te espera, ¡Vé! “

  En sus primeras excursiones a lomo de mulo por los Andes, y confirmando lo que había leido en las crónicas de la conquista, Bingham tuvo noticias de la existencia de una “ciudad perdida”, situada en algún lugar al noroeste de Cuzco, a la que los conquistadores españoles nunca habían llegado. En su búsqueda, siguió muchas pistas sin encontrar más que unas pocas chozas en ruinas al final de cada jornada.

  En Julio de 1911, acompañado de dos arqueólogos, varios ayudantes y escolta, Bingham comenzó a subir en mulo por el canón del Urubamba para seguir otra pista más, tan vaga como las anteriores. Durante tres días, a medida que los guias iban abriendo una trocha en el monte, fueron avanzando penosamente, arrastrándose por sendas traicioneras por donde incluso las mulas resbalaban y tenían que ser izadas con cuerdas para que no se despeñaran.

  Cierta mañana apareció en su campamento un colono que repitió el viejo cuento de unas ruinas que yacían en la cima de la montaña al otro lado del río. Era un día frío y lluvioso, y los compañeros de Bingham, extenuados, no tenían ánimo para reanudar la escalada. Aunque Bingham tampoco esperaba encontrar nada, logró persuadir al hombre para que le acompañara en la jornada. Los miembros de la expedición cruzaron primero las furiosas aguas del torrente por un frágil puente de bejucos construidos por la gente del lugar. Luego treparon a gatas por la ladera, agarrándose a los arbustos, mintras el colono les advertía que tuvieran cuidado con las serpientes venenosas, que más tarde mataron a dos de las mulas. Al final de una ascensión agotadora de casi 700 metros, se toparon con una choza de paja. Un par de habitantes del lugar le dieron a beber agua fresca. Detrás de aquella colina, les dijeron, hay unas cuantas casas y muros ruinosos.

 (Continuará.)

Leer introducción.

Leer capítulo II.

Texto: Harland Manchester. Gran Libro de Viajes, Selecciones Reader´s Digest, 1968.

Fotografía: picasaweb.google.com

From → Comunicación

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